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Una promesa en la zona de la muerte

Fotos: Soledad Rosales. Asistente de fotografía: Julia Villarreal. Producción: Alejandra Reyes Roggiero. Asistente de producción: Abigail Sevilla. Vestuario: Berksha, Pull & Bear. Maquillaje : Jhon Salaberri. Peinado: Francisco Velásquez Instyle. Telf: 6008887 /3820700. Dirección: Catalina Aldaz y Portugal. Fotos en el Everest: cortesía de Carla Pérez y Esteban Mena.

 

La ecuatoriana Carla Pérez es la primera latinoamericana en conseguir la cima de la montaña más alta del mundo sin oxígeno, el Everest de 8848 metros de altura. Esteban Mena fue su acompañante en este momento tan importante de su vida, que más allá de un mérito deportivo significó cumplir una promesa: abrazar a la diosa del universo junto a su cómplice de montaña y de vida.

Estaba a 100 metros de la cumbre del Everest. En plena ‘zona de la muerte’. Tan cerca de llegar y Carla Pérez sintió que su cuerpo desfallecía, sin oxígeno. Sus pasos eran tan lentos que esos 100 metros: ¡Una cuadra!, le tomaron tres horas. Creía que estaba en esa delgada línea entre la vida y la muerte, cuando hubo una voz en el susurro de la nieve, que le obligó a no rendirse. Era la de Esteban Mena, la misma voz que siete años atrás, en el Aconcagua, le salvó la vida.

Cuando se conocieron, durante una salida al Cotopaxi en 2006, la primera sensación fue que no empataban mucho. Durante algún tiempo su relación no fue nada cercana. Pero fue en el 2009, mientras escalaban la pared sur del Aconcagua, que todo cambio.

En el último día de la travesía, Carla estuvo a punto de morir. Perdió cerca de 12 kgs por falta de alimentación y deshidratación. Esteban la cuidaba. Fue entonces cuando ocurrió algo inexplicable, mágico, que los mantiene unidos como pareja hasta el día de hoy.

Para ellos, su mayor logro juntos es haber comprometido sus vidas a las montañas. Y una muestra de esto es su última expedición al Everest, en la que Carla se convirtió en la primera mujer latinoamericana y sexta en el mundo en coronar la cima sin oxígeno.

EVEREST

Llegar a la cumbre fue una promesa cumplida. Esa que ambos se hicieron en 2013, cuando, junto al Equipo Somos Ecuador, liderado por Iván Vallejo, Esteban se convirtió en el ser humano más joven en coronar el Everest sin oxígeno (a sus 23 años) y Carla tuvo que abandonar el sueño a tan solo 200 metros de la cima, ante el viento y el frío intensos que empezaron a congelarle los dedos de la mano. “Nos entristeció mucho el no compartir esa cima y desde entonces nos prometimos que volveríamos juntos”, dice la montañista.

En esta ocasión, Carla, de 33 años, no estuvo segura de alcanzar la cima del Everest nunca. Ni siquiera con 20 años de experiencia en el montañismo. Ni siquiera estando a 100 metros de ella.

Fueron 13 horas de ascenso desde el campo 3. Para entender la magnitud del esfuerzo, Iván Vallejo hace esta relación: en Quito, una 10k la completas en 1 hora y media, más o menos. Para Carla el último tramo de cerca de 1 kilómetro le llevo 13.

Pero ese tremendo esfuerzo físico le permitió alcanzar ese momento espiritual tan anhelado. Su mente en blanco la conectó con el universo y vivió una extraordinaria muestra de física cuántica.  “Aunque ya no tenía un gramo de energía física, el amor y el cariño de la gente que me pensaba, que oraba esa noche por mí me ayudó a llegar. No fui yo, fuimos todos los que llegamos ese 23 de mayo a la cima del Everest. Vivir todo esto junto a una de las personas que más amo –Esteban Mena-, que caminaba paso a paso dándome ánimos, es para agradecerle a la vida”.

Fue un instante en la cima. 20 minutos en un infinito eterno. En donde no hay cuerpo, solo universo. Sí, Carla y Esteban hicieron realidad una hazaña deportiva con bandera ecuatoriana, pero este suceso tuvo una motivación aún más inmensa,  que se resume en una palabra: Amor. Amor por la montaña, entre ellos, por la vida.

Un momento que inspira a muchos, pero que al final es solo suyo.

La preparación

¿Cómo fue el entrenamiento con miras al Everest sin oxígeno?

Carla Pérez: Desde que somos parte del proyecto Somos Ecuador, Iván Vallejo nos aconsejó tener una preparación más científica. Junto al equipo de entrenamiento seguimos un plan desde hace 4 años. En el último, con miras al Everest, hicimos muchos ascensos. Dejamos de lado el ciclismo y el atletismo y trabajamos mucha caminata en cuestas, simulando las condiciones de ascenso, llevando las botas de montaña, por ejemplo. También hicimos mucho gimnasio para fortalecer las piernas y la musculatura en general.

Practicamos escalada deportiva. Aunque en el Everest no hay secciones de escalada demasiado demandantes, sí hay muchas con escaleras y cuerdas fijas, que requieren de brazos fuertes, constitución, agilidad, equilibrio…Asimismo ,nos concentramos en ganar flexibilidad, que era nuestro punto débil. –Carla tiene una carrera en el montañismo de 20 años, fundamental para esta expedición-

 

¿La parte mental?

Carla Pérez: Trabajé mucho con el terapeuta Pedro Quintanilla y la sicóloga deportiva Liza Portalanza. Inclusive, el deportólogo Óscar Concha y el preparador físico César Aulestia canalizaron los entrenamientos físicos según mi estado emocional y mental, ayudándome a luchar contra el miedo, el resentimiento, el ego… Este método de entrenamiento te da un arma muy poderosa a nivel mental para lograr grandes objetivos.

 

¿Carla que significó para ti compartir con Esteban tu ascenso sin oxígeno al Everest?

Carla Pérez: Estar con Esteban en la cima fue cumplir un sueño de vida como pareja. No solo me acompañó a la expedición sino a todos los entrenamientos a los que pude asistir durante estos seis años. Me escuchó cada día hablar del Everest. Estuvo ahí, planificando toda la expedición en el último año. Me ayudó a sobrellevar esos momentos duros después de no alcanzar la cima en el 2013. Financió gran parte de la preparación y de la expedición. Estuvo en las lesiones, a la hora de mejorar la técnica. Es, sin duda, el más fuerte, el más técnico y el más noble del equipo y lo más hermoso es que, con apenas 26 años, su conocimiento sobre la historia del montañismo es admirable. Es una enciclopedia viviente.

¿Con cuánto tiempo de anticipación viajaron a los Himalayas para lograr la cumbre?

Carla Pérez: La expedición duró 65 días. El ascenso a la cumbre y el descenso, 5.  Los otros días pasamos en el campo base, avanzado a una altura de 6400 metros.  Aquí, preparamos la ascensión. Subimos y bajamos la montaña varias veces para instalar y hacer depósitos de carpas, reverberos, gas y comida a los campos 1, a 7100 metros; 2, a 7700; 3, a 8300. Esto permitió tener instalados los campamentos durante el ataque final a la cumbre y adaptar al cuerpo a vivir a esta altura.

¿Recuerdas algún momento que te haya marcado antes de iniciar el ascenso?

Carla Pérez: Disfruté cada momento como si fuera el único y el último. Tal vez uno de los más especiales fue escuchar la canción que le dedicaba a la Chomolugma (Everest en tibetano, que significa Diosa Madre del Universo) cuando estaba a punto de llegar a la cima, “Por ti volaré” de Andrea Bocheli. Durante el viaje misteriosamente la escuchaba en aeropuertos, restaurantes y un poco en todos lados. Esta canción fue mi despertador durante el último año. Me ayudaba a recordar el ánimo y la energía que debía poner a los entrenamientos para cumplir el gran sueño.

 

Ustedes dijeron en la rueda de prensa post viaje que una de las grandes lecciones de Iván Vallejo ha sido la humildad, ver a la montaña como un ser vivo y respetarla profundamente ¿Cómo se acercaron espiritualmente al Everest?

 

Esteban Mena: En el Himalaya hay un ritual llamado Puja, que se ofrece a los dioses de la montaña para pedir permiso antes del ascenso. Pusimos mucha fe en este ritual. Pero estoy seguro de que lo más importante fue todo el esfuerzo que hicimos en Ecuador para conectarnos de nuevo con el Everest en este último año.  Le oramos mucho al universo para que nos dé la fuerza de volver, dar lo mejor de nosotros y aceptar lo que la montaña decida sin importar lo que eso signifique. Personalmente, en esta expedición me acerqué un poco más a ese ideal de despojarse de los deseos banales y escalar una montaña, simplemente, por el hecho de estar en ese lugar.

 

La travesía sin oxígeno, hacia la cumbre más alta del planeta

 


¿Cuáles son los desafíos del Everest a comparación de otras montañas del mundo?

Esteban Mena: Al igual que en todas las montañas complicadas del planeta, el Everest requiere lo mejor de un escalador: excelente forma física, mental y emocional, además de la habilidad para poner todas las fichas logísticas a tu favor. Yo pienso que no existe algo así como la montaña más difícil del mundo. En muchas hay escaladas imposibles, pero, indudablemente, al ser la más alta del mundo se está más cerca de los límites físicos y mentales.

Algo que tal vez distingue al Everest de las demás montañas es el tiempo que requiere su ascenso y esos últimos 200 metros, donde la voluntad juega un papel determinante. En esta ocasión, parte del plan fue que yo realice el ascenso con oxígeno artificial para ser un mejor apoyo para Carla. Esto hizo que el esfuerzo no sea muy grande para mí. La diferencia entre subir con y sin oxígeno es inmensurable. dfdf

 

¿En qué consistió el soporte a Carla?

Esteban Mena: Mi responsabilidad fue hacer lo que más amo: escalar. Se trataba de ser el compañero de Carla y ofrecerle el soporte mental y emocional necesario. En el día de la cumbre, mi papel fue ser un seguro extra en caso de que cualquier cosa saliera mal. También tuve la oportunidad de documentar el ascenso.

Esteban nos das detalles de:

¿Cómo era la vida en los campamentos?

En la ruta que escogimos, por el collado norte hasta el hombro nor-este y después la arista nor-este, existen lugares que ofrecen buenos sitios de campamento. A 7100 metros, en el collado norte; a 7700, en la arista norte; y a 8300, al pie del hombro nor-este.

En cada uno nos abastecimos mientras aclimatábamos. Teníamos a disposición carpas, cocinetas, bombonas de gas, comida y oxígeno artificial para mi ascenso. Al inicio se trató únicamente de dejar un depósito en cada campamento y regresar a descansar en la comodidad del campo base. En las últimas rondas de aclimatación pasamos las noches a gran altura.

 

¿Cómo son los malestares de la altitud?

Las primeras noches a más de 7000 metros cuestan mucho. Hay dolor de cabeza, mareos, nauseas y malestar general. Es como si alguien te estuviera martillando la cabeza constantemente. Poco a poco, el cuerpo se va poniendo a tono con la altura y se vuelve más vivible. Cuando finalmente hicimos el intento de cumbre, pudimos dormir en los primeros dos campamentos. En el de 8300 metros ya no se trató de dormir sino de descansar unas horas antes de la cima. Ahí ya se sintió una especie de cuenta regresiva mientras las reservas se agotan lentamente.

 

¿Cómo manejaron el tema del descanso y la alimentación?

La vida de campamento a esa altura (8300) es muy simple: derretir nieve para tener agua, tratar de comer algo y engañar al cuerpo cerrando los ojos para descansar un poco. En los primeros campamentos tratamos de que la comida fuera lo más normal posible. En el campo base le pedimos al cocinero que nos preparara un poco de arroz o papas y combinamos con atún o alguna delicia comprada en el viaje. También consumimos comida deshidratada.

A más altura, el menú se limita a lo que la experiencia diga que el estómago no rechaza. Generalmente, sopas de sobre con chifles o tostado, gomitas o ciertos geles de carbohidratos, galletas de chocolate o ciertas frutas deshidratadas.

 

¿Cómo se distraían?

Para amenizar llevamos un pequeño parlante para escuchar música y barajas para entretenernos en las largas noches. Tuvimos buenas conversaciones tratando de salvar al mundo y contando algún chiste.

¿Y las necesidades básicas en ese frío?

En cuanto al baño hay que perder el pudor, ir cuando necesites en donde necesites. Te sales un poco del camino y lo haces tan pronto sientes ganas. A pesar de lo engorroso y cansado que es hacerlo a mucha altura, es muy malo aguantarse en esos estados de cansancio. Cuando estás en los campamentos es más fácil orinar, lo haces en botellas o Carla en una pequeña vasenilla. Si se trata de cacar ¡ahí si estás jodido! Toca ponerse la chaqueta de plumas y salir.

¿Cuál fue el momento más duros del ascenso?

Carla Pérez: Todo el proceso de aclimatación fue duro, pero, sin duda, lo más difícil fue el ascenso del campo 3 a la cima. En los últimos 100 metros estaba físicamente al borde. Me demoré casi tres horas en subir esta distancia, eso te da una idea de lo lento que subí. Durante las 13 horas de ascenso, mis pulsaciones a cada paso se elevaban a más de 160-170 por minuto. Cada hora paraba a tomar agua y comer. En menos de 5 minutos empezaba a tiritar del frío sin control.  Fue súper demandante mantener la concentración para tener equilibrio en las partes de roca y la bajada al campo 3 fue brutal.

¿Cómo recuerdas la cumbre?

Carla Pérez: Antes de alcanzar la cima del Everest estuve cuatro veces a más de 8000 metros, de las cuales solo en dos: Manaslú (8163) y Cho Oyu (8201) alcancé la cima. Sin embargo, en mayo de 2013 llegué hasta los 8650 metros del Everest sin oxígeno y me sirvió muchísimo como experiencia previa. La cumbre fue un momento de paz, de plenitud. Estuve en el punto donde se une el cielo y la tierra. Sentí muchísima gratitud con la vida por permitirme culminar un proyecto de tantos años, con la gente que me acompañó y con la montaña por abrirme los brazos.

¿Sus planes futuros?

Esteban Mena: Desde hace un año estamos madurando la idea de escalar una nueva ruta en un 8000. Es un proyecto ambicioso y queremos conseguirlo dentro de los próximos tres o cuatro años. Aunque una de las dificultades más grandes es encontrar la financiación, sentimos mucho agradecimiento con quienes nos han apoyado hasta la fecha y confiamos en que se abran nuevas oportunidades.

 

¿Qué significa Iván Vallejo?

Carla Pérez: En el 97, mi padre me llevó al audiovisual de Iván Vallejo sobre el ascenso a su primer ocho mil. Para mí, aunque ya me gustaba la montaña, el asistir a este evento significó sintonizar mi alma con el Himalaya. Misteriosamente, 12 años después, el mismo Iván Vallejo me invitó a ser parte del proyecto Somos Ecuador. Más allá de ser mi amigo, hermano, padrino, maestro, creo que el universo o Dios lo puso en mi camino para ayudarme a descubrir cuán lejos puedo llegar con mi pasión por la montaña, y no solo deportivamente sino con mi crecimiento espiritual. Además, una de las cosas más bellas de la montaña es que nos permite vivir momentos hermosos y otros muy duros juntos a los compañeros de expedición. Vemos la mejor cara pero también la peor y si después de eso sigues siendo su amigo es porque es una amistad verdadera.