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¿Por qué subir montañas?

 

Por: Iván Vallejo. Montañista con 46 años de experiencia. En mayo de 1999 se convirtió en el primer ecuatoriano en llegar a la cima del Everest, la montaña más alta del mundo con 8.848 metros, sin la ayuda de oxígeno suplementario. En mayo de 2001 volvió a subir al Everest, también sin la ayuda de oxígeno, pero por una vía diferente. A partir de ese logro decidió conquistar las cimas de las 14 montañas más altas del mundo que superan los ocho mil metros de altura. El 1 de mayo de 2008 culminó ese proyecto y se convirtió en el SÉPTIMO ser humano en alcanzar ese logro. CONTACTOS: Ig @ivallejor. www.ivanvallejo.com.

“La mayoría de personas dicen: “¡Qué lindo los montañistas como viajan!”, “¡Qué lindo los lugares que conocen!”, pero se hace absolutamente necesario conocer que hay detrás”.

Primer evento. El 28 de diciembre de 1988, cuando tenía 28 años, subí el Chimborazo con amigos del San Gabriel. Iba de líder y en determinado momento escuchamos un estruendo, se abrió el piso y caí 30 metros hacia el vacío. Encima mío cayeron bloques de hielo y nieve y me dejaron atrapado boca abajo, casi inmóvil. Pensé: “¡Qué manera tan absurda de morirme! ¡Haciendo algo que amo tanto como las montañas!”. Recé para que me rescatarán y pedí verle crecer a mi hijo que estaba pequeño. Finalmente, mi grupo escavó 4 horas en la nieve y me encontraron. Alcanzaron a ver mis botas y las moví. Mi compañero les gritó al resto “¡Ha estado vivo!”. Después de eso dije: “No va más. Nunca más escalo montañas”. La separación duró seis meses, la pasión y el amor pudieron más.

Segundo evento. El K2, la segunda montaña más alta del planeta. Llegué a la cumbre y solo pude estar 15 minutos, se avizoraba una tormenta. En la bajada, a 8050 metros de altitud, la tormenta nubló totalmente el camino y me perdí. En esa desesperación vi una figura humana a lo lejos y salí corriendo a su encuentro, le abracé y le dije: “¡Qué alegría encontrarte, estoy perdido”, y él me respondió: “¡Yo también!”. Juntos logramos llegar a una tienda. Debimos tenerla para que la tormenta de 50 km por hora no la rompiera. Pasamos dos días dentro y al tercero pudimos llegar con suerte al campamento base. Lo único que nos salvó, al menos a mí, fue el poder de la oración. Otro encuentro con la muerte.

Tercer evento. El Altar, la cara norte del Obispo. Subí esta montaña, la más exigente del país, con Carla Pérez y Esteban Mena el 25 de diciembre del 2017. Intenté subir esta pared por sexta ocasión, las anteriores fallidas. A 180 metros de la cima se descompuso el clima y, con dolor, no pudimos continuar. Tuvimos que descender, nos cayó la noche y nos guarecimos por 12 horas en una cueva de hielo, temblando literalmente del frío, teníamos la ropa mojada. Pasamos viendo el reloj, una noche larga, eterna.

Cuarto evento. Este año visité los Llanganates, tenía pendiente el Cerro Hermoso. Alguien conocedor del sitio me dijo: “Iván en ese lugar hay dos estaciones: invierno y diluvio”, y efectivamente le atinamos al invierno. Llegamos a las 9 de la mañana y regresamos a las 8 de la noche, todas esas 11 horas en lluvia, mojados todo el tiempo, con toda la incomodidad que eso significa, soportando frío”. Con estos antecedentes, Iván nos cuestiona ¿Por qué subir montañas si es tan demandante, incómodo, extremo? Para él, la montaña es como la vida, con altos y bajos, pero con aprendizajes maravillosos. La historia de Iván es apasionante, convertirse en un ícono fue algo que se construyó desde la infancia, a base de sueños, visualización y trabajo duro. Mucho trabajo duro. Desde los 12 años, ya se vio en la cima del Everest (8848 msnm), la montaña más alta del mundo.

En su materia de orientación vocacional hizo un dibujo de él, en la cima del coloso, con el piolet levantado con una mano, con barba y todo el ‘look’ montañero. Al poco tiempo entendió que para hacer realidad su sueño tenía que empezar con algo, y ese algo era llegar a la cima del Chimborazo, su primer gran objetivo. Su madre le enseñó el valor del esfuerzo, las salidas a la montaña eran su premio por sus calificaciones.

Se ganaba a pulso cada salida. Después, cuando tuvo que coronar el Chimborazo y con varios intentos fallidos porque subía con zapatos normales, entendió que necesitaba unas botas de montañista, caras. Su madre le ofreció las botas para las próximas vacaciones y cuando llegó el día, ella le dijo: “Claro que te voy a dar tus botas, te conseguí dos trabajos”. Hoy, aunque en ese momento no lo entendió así, atesora esa primera gran lección de vida: las sueños se cumple a punta de trabajo duro. Pasaron los años, y el dibujo había quedado olvidado, pero su amor por las montañas estaba intacta. Llegó un día a la cordillera del Himalaya (1995), a ver de lejos al Everest , desde el campo base.

Sin embargo, después de contar sus experiencia en este viaje a sus compañeros en Ecuador, no pudo evitar que su espíritu le diga: “¿Iván por qué no soñar con llegar a la cima del Everest?”, pero enseguida, como él dice, le habló la voz de la razón. “Ubícate, no tienes experiencia”, y era cierto, hasta ese entonces su montaña más alta era el Huascarán (6768 msnm), no tenía la menor idea de cómo era estar a más de 8000 metros de altura.

Entonces arrancó un nuevo proceso de aprendizaje que duró cuatro años, que incluyeron momentos duros como la crisis del 99. Con la expedición armada y lista, se esfumaron los fondos. Tras anunciar en radio que su proyecto no iba más, apareció un ángel guardián: Hernán Villalba, quien financió una travesía que sería histórica no solo para Iván, sino para Ecuador. Su razón: “Iván te he visto luchar tanto por este sueño, hoy tienes que cumplirlo”.

Iván llegó a la cima del Everest sin oxígeno en mayo de 1999, en un día de clima perfecto, 12 grados centígrados, jamás repetido en los años a los que ha vuelto a esta montaña. Estuvo 60 minutos en la cima. “Un regalo de Dios, un regalo del universo”. Ese instante fue la prueba de lo maravilloso que es cumplir sueños, tener un objetivo totalmente planteado, sin importar el tiempo que pase hasta llegar a la meta final. Esa meta final justifica todo el camino.

Después, por añadidura, vinieron nuevos proyectos y el más emblemático de su carrera: el 1 de mayo de 2008 culminó el ascenso sin oxígeno de las 14 montañas más altas del mundo, de más de ocho mil metros de altura. Se convirtió en el séptimo ser humano en alcanzar ese logro. Actualmente solo existen 14 personas en el mundo que han hecho realidad esta hazaña. “Este proyecto fue un regalo del Everest sin oxígeno, descubrí unas capacidades que no sabía que tenía. Todas las crisis que viví me perfeccionaron para este momento”. Seguido, conformó el equipo Somos Ecuador, en el que ha compartido sus conocimientos con jóvenes montañistas extraordinarios como Carla Pérez, Esteban Mena y Chapico Cáceres. “El ser humano cuando tiene, tiene que devolver”, culmina Iván.

La montaña es como la vida, nos da lecciones invaluables:

  •  El valor de la planificación.
  • La importancia de contar con un equipo: el entrenador, los amigos, la familia…
  • Ante la crisis la creatividad.
  • Un plan perfecto puede fallar pero siempre habrá buena cosecha cuando se hacen las cosas con dedicación.
  • No vivas de la historia, sino de lo que haces cada día.
  • El abanico de oportunidades se abre de par en par cuando le inyectas a tu proyecto el mejor esfuerzo.