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Millán Ludeña, el primer récord Guiness para Ecuador

Un nuevo reto ideado a medida. A medida del espíritu aventurero y enérgico de Millán Ludeña, que no tiene miedo a arriesgar, ni siquiera su propia vida. Esta vez nos relata los momentos que marcaron su proyecto From Core to Sun, algo jamás hecho por un ser humano, un récord Guiness.

Foto: Levector.

 

EL RÉCORD A LA MEDIA MARATÓN MÁS RÁPIDA EN

EL SITIO MÁS PROFUNDO DE LA TIERRA.

 

Claustrofia. Miedo al encierro. Calor agobiante. Frío. Bronquios cerrados. La respiración, el reflejo básico de la vida, condicionada. Correr, caminar, hacer cumbre. Todo en un poco más de 40 horas y batiendo el primer récord Guiness deportivo para Ecuador. Lo que Millán Ludeña hizo: conectar el punto más profundo de la tierra (en la mina de oro Mponeng, en Sudáfrica) con el más cercano al sol (la cumbre del Chimborazo de 6310 msnm, en Ecuador), no lo ha hecho nadie.

Esta es una travesía que nació en su mente, después de enfrentar la maratón de Sables, en el lugar más caliente del planeta, el Sahara, y completar 100 km, en el punto más frío, la Antártida.

From Core to Sun fue un desafío de su autoría, sin precedentes, fue el único ser humano sobre la faz de la tierra preparándose y entrenando, por nueve meses, para cumplirlo. Los riesgos: deshidratación extrema, un golpe de calor, sufrimiento de sus corneas, un paro cardiaco, un edema pulmonar…la lista era larga e impredecible.

Entrenó en cuartos calientes durante meses para simular las condiciones extremas de calor y humedad a las que iba a estar expuesto en la mina. La primera vez se desmayó a los 15 minutos. Estuvo fines de semana enteros en la montaña, expuesto al frío, acoplándose a la altura, para aclimatarse. Mucho trabajo en gimnasio. Los controles médicos y de resistencia física era el pan de cada día. Cuando llegó el momento, hubo ansiedad, miedo y extrema debilidad física, pero su cabeza y su corazón jamás perdieron el coraje. Este es su relato.

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Arrancamos el viaje de From Core to The Sun el 15 de agosto. Llegamos el 18 a nuestros destino, Sudáfrica. Al siguiente día estuve todo el tiempo en la mina de oro Mponeng, en donde se encuentra el punto del planeta más cercano al centro de la tierra, a 4000 metros de profundidad. Debía cumplir con unos exámenes físicos y médicos específicos que me exigían. Si bien es cierto los había hecho en Ecuador con un monitoreo muy agresivo cada 15 días, debía repetir pruebas como electrocardiogramas y otros tantos. Las personas de la mina querían cerciorarse de que estuviera en óptimas condiciones.

La prueba física, a la que ellos llaman la prueba de resistencia al calor, consistía en subir un ‘step’ (grada) con una medida específica, en un cuarto con condiciones particulares de calor y humedad (30 grados centígrados de calor y 70% de humedad), durante 30 minutos. Si mi cuerpo subía medio grado de temperatura yo no pasaría la prueba y el proyecto se quedaba ahí, no podría bajar a la mina.

Desde que nos enteramos de la prueba nos inquieto. Pedimos protocolos internacionales, la simulamos en Ecuador y la pasamos dos veces, pero cuando llegamos a Sudáfrica el escalón estaba más alto. Sin embargo, después de media hora mi temperatura se mantuvo estable.

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El domingo 20 fue el día planeado para bajar hacia el punto más cercano al centro de la tierra y correr la media maratón (21,1 km). Nos levantamos a las 4 a.m. La mina estaba a una hora y media del hotel donde nos hospedamos. Al llegar hicimos inducciones y pruebas básicas. A las 8 a.m. empezamos a bajar. Todos teníamos que descender con un traje especial, propio de la mina, con medias específicas, botas de caucho, un overol, un aparato de respiración adicional ante alguna explosión que emita gases tóxicos, casco, linterna, guantes.

El descenso se hizo en una hora y 10 minutos, dividido en tres pedazos: de kilómetro y medio, luego un kilómetro, y lo último bajamos en unos asientos parecidos a los que se usan para  esquiar y que llevan a la cumbre de las montañas, solo que estos iban hacia abajo. Fue inquietante tener la sensación de que mientras bajas te sigues metiendo, metiendo y metiendo más hacia el centro de la tierra.  Incluso, yo tuve la percepción de que los rostros de la gente que trabajaba ahí, sus gestos, iban cambiando. El encierro es cosa seria.

Aunque es una mina grande sentía como me iba faltando el aire, el espacio. Mi principal preocupación, pese a que había hecho las pruebas para saber que no tenía claustrofobia –aunque solo te enteras justo cuando estás encerrado- , era sentir esa sensación sabiendo que no la padecía.

Ya abajo empecé a sentir el calor y sudaba, puesto el uniforme de la mina. Me hidrataba para no perder nada de energía. Luego caminamos dos kilómetros alrededor hasta llegar al punto inicial. En ese nivel se había definido un recorrido de un kilómetro exacto que debía recorrer 21,1 veces.

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La jueza Guiness llegó el 19 de agosto. Revisamos algún material que solicitó. Nos acompañó a la mina, pero se quedó en el cuarto de control junto a mi novia, Carolina Bassignana. Las personas de la mina instalaron una cámara justo a 4000 metros hacia adentro para que la jueza viera mi paso en tiempo real, aún así era insuficiente. Requería fotografías, videos, un tracker sin satélite que midió exactamente cuanto recorrí.

En el punto de inicio me cambié inmediatamente de ropa. Estábamos a 40 grados centígrados de temperatura y 80% de humedad. Llevé siete camisetas, siete pantalonetas, siete pares de medias. El desgaste iba a ser brutal y la humedad iba a ser un factor para que broten ampollas. No quería tener ninguna complicación en los pies porque inmediatamente al salir de la mina me esperaba el Chimborazo.

Mientras se hacia una llamada con la jueza para establecer el momento de inicio exacto, tenía mi bandera ecuatoriana empuñada en mi mano izquierda y escuchaba el himno nacional. Estaba bastante inquieto. Cuando me dieron la señal salí mucho más rápido de lo que había planificado con mi entrenador, Gonzalo Calisto, pero lo hice para liberar la ansiedad. Me estaba consumiendo saber que estaba encerrado en ese lugar en medio de la nada.

Fui a 3,20 minutos por kilómetro durante los primeros cuatro mil metros. Algo irresponsable de mi parte porque no había mucha visibilidad y el terreno era completamente irregular, fácilmente me hubiera caído y arruinado el tobillo. Pero funcionó porque la ansiedad pasó a segundo plano y estaba realmente enfocado en la activación de mis músculos, de las piernas. Los siguientes kilómetros si mantuve el ritmo planificado en entrenamiento, 6 minutos por kilómetro. El plan de  hidratación, a base de una bebida con sales y carbohidratos, se cumplió a la perfección, sabía exactamente qué tomar, en dónde tomar, cuánto tomar. Fue una hidratación- alimentación, en este caso la alimentación fue líquida.

En el kilómetro 12 tuve una descompensación tomando un gel que lo consumí en todo el entrenamiento, pero que en las condiciones con presión y el cansancio me vino mal. Bajé el ritmo para recuperarme, pero en el kilómetro 13 o 14 retomé la marcha. Ya cuando me di cuenta estaba en el 18, ya había hecho cambios de ropa, medias y de zapatos que estaban con mucha humedad. Al 20, pese al cansancio, subí el ritmo porque estaba realmente motivado. Culminé el recorrido en 2 horas y 31 minutos. Festejé, en la medida de lo posible.

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Me cambié de nuevo al uniforme de la mina y emprendimos el viaje de una hora y media hacia la superficie. En el ascensor sentí el cansancio, me dolió la cabeza.

Cuando salimos por fin a la superficie –porque en realidad vives una situación de encierro- sentí el frío del invierno sudafricano. Ese choque del frío con el calor acumulado sí me pasó factura, pero estaba tan emocionado que no le presté atención y las consecuencias las sentiría en el avión de vuelta a Ecuador.

Una hora después de salir, la jueza Guiness nos entregó el récord a la media maratón más rápida en el sitio más profundo de la tierra. Al mismo tiempo, era el primer récord Guiness deportivo para el país.

A las 8 p.m. nos embarcamos en el vuelo hacia Quito, vía Nueva York, Estados Unidos. El viaje en primera clase, hacia la gran manzana,  fue de 16 horas, un vuelo eterno. Ahí nos enteramos que Guinnes no había autorizado el récord de media maratón hacia el punto más cercano al sol. Nos sugirieron romper otro pero que no contemplaba todo lo que habíamos hecho desde la mina. Decidimos no aceptar y continuar. Al final, el Guiness era solo la cereza del pastel.

Estaba tan cansado que me dormí, pero mi equipo técnico me levantaba para hidratarme y comer de acuerdo al plan. Cada hora que pasaba en el avión me sentía más agotado y más débil, supongo que por el cambio de clima y la presión. El problema respiratorio se iba complicando.

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El 21 de agosto llegamos a Quito, en la noche. Aparecieron las primeras toces y el dolor de los huesos de la canilla. Aunque hicimos rehabilitación, estiramiento, masajes y electro estimulación brutales en el vuelo para recuperarme muscularmente, fisiológicamente me sentía golpeado.

Cruz Roja me hizo unos chequeos y me sugirieron cambiar la fecha del ascenso al Chimborazo. Llegamos al acuerdo de que iba a descansar y al otro día, después de la rueda de prensa, volverían a hacerme un chequeo. Me levanté enfermo, no me sentía mejor, pero salimos hacia Riobamba, en donde se estableció un punto de inicio mucho más abajo del refugio (16 km) para poder completar los 21,1 km hacia la cumbre del Chimborazo, el punto más cercano hacia el sol.

Arrancamos a las 4 p.m. A las 19:30 llegamos al refugio, la idea era continuar hacia la cumbre a las 21:00 Ahí me hicieron una evaluación entre el Goe y la Cruz Roja y determinaron que no había forma de que yo pudiera seguir.  Con Esteban Mena (Topo), líder de la cordada y el ascenso, acordamos descansar dos horas y salir a las 23:00. Pero ya estaba con los bronquios cerrados, me costaba mucho respirar, me dolía el pecho.  Si subir el Chimborazo en condiciones normales ya es una hazaña, con la experiencia de la mina y el vuelo, ya era una locura.

En el camino hacia la cumbre recuerdo algunos momentos complicados a 5500, 5800, 5900 metros. Fueron momentos en los que me costaba respirar. Esteban me decía que sabía que estaba físicamente al borde pero que psicológicamente me necesitaba aquí y en el ahora.  A los 6000 fue un infierno. A los 6050 me mareé y comencé a vomitar.

El Topo evaluó seriamente la situación y pensó en bajarme pero solo faltaban 40 minutos más y le dije que psicológicamente estaba listo para el ataque final y flamear mi bandera en la cumbre. Continuamos. 42 minutos después, en la mañana del 23 de agosto, estaba flameando mi bandera y conectando el punto más cercano al centro de la tierra con el más cercano al sol en una sola aventura.

Estuve parado ahí con la reflexión de que hace menos de 40 horas estaba en el punto más profundo y ahora en el techo de la Tierra. Bajamos rápido y al medio día ya estábamos en el refugio con los seres queridos. En esta segunda fase tuve dos sorpresas: antes de arrancar los 16 km del Chimborazo me visitaron Josefina y Juan José Castrillón, mis padres putativos, son los padres de mi mejor amigo fallecido. Y la segunda es que mis padres biológicos, Pepe y Mireya me recibieron en el refugio culminada la prueba. Fue súper motivante saber que hay mucha gente que te quiere, que te siguió bastante preocupados, pero estaba ahí, muerto, pero sano y salvo.

Tres semanas después continué con las complicaciones respiratorias que sanaban de a poco. Tuve que operarme de un ojo por la salida de un orzuelo que se complicó. Ahora estoy enfocado en recuperar mi cuerpo y asimilar esta tremenda aventura.

¿QUIÉNES CONFORMARON SU EQUIPO DE TRABAJO?

Fisiomed es la empresa con la que Millán  ha trabajado todos sus proyectos extremos, desde la Patagonia, con profesionales de primera línea: Gisela Toledo, en fisioterapia; Alex Caamaño, en nutrición; y Liza Portalanza, en psicología deportiva.

Dada la complejidad del proyecto, gracias a las alianzas de Fisiomed, gozó con la asesoría deportológica del Dr. Néstor Lentini , líder del equipo técnico de Diego Armando Maradona; el acompañamiento de Biodimed, en el monitoreo de su evolución fisiológica; Protéus, en la biomecánica de su pisada; y el centro oftalmológico Suárez, en el cuidado específico de sus corneas. La preparación física, como siempre, estuvo a cargo de Gonzalo Calisto y para la preparación de ascensos tuvo el apoyo de Esteban Mena, el montañista más joven en el mundo que ha conquistado la cima del Everest sin oxigeno adicional.