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Bajo la piel del “Zuko”Carrasco

Cómo es subir el Kilimanjaro en una handbike

“¡No lo hice solo!”, dice Sebastián, el “Zuko” Carrasco, mientras habla de su enorme hazaña. Y a través de esa única frase, su grave voz se descompone en emociones tan contradictorias y complejas como la añoranza, la desilusión, el orgullo y la satisfacción. Con este ascenso, Sebastián logró más y menos de lo que esperaba. Así se sienten, a veces, la vida y los logros de un atleta adaptado.

Por: Paulina Terán
Fotos estudio: Soledad Rosales
Producción: Diana Contag. Asistente de fotografía: Iván Recuenco
Fotos ascenso: cortesía de Movistar Ecuador, Chevrolet, Andrea Rocco y Sofía Sarmiento

“Nadar” en un río seco: la severidad del Kilimanjaro

Viernes 12 de septiembre. Son las cuatro de la mañana. Hace frío afuera de la carpa. Todo está oscuro alrededor y el cansancio es una amenaza real. Mientras la mayoría de gente en el pueblo duerme, Sebastián y su equipo, están a punto de empezar la etapa final de un ascenso de seis días. A él nada de esto le resulta extraño. Lo ha hecho cientos de veces con éxito y sus colegas lo reconocen como un “duro”. La gran diferencia es que ahora está subiendo la montaña más alta de África, por primera vez, y lo está haciendo exclusivamente movido por la fuerza de sus brazos, los mismos que, gracias a las maravillas de la ciencia mecánica, movilizan las llantas de un tipo de bicicleta adaptada, una handbike, que le permite “escalar”. Bíceps y tríceps soportan todo el peso, pues, Sebastián perdió la movilidad desde su pecho hacia abajo y los músculos de su abdomen no intervienen como apoyo. Cuando Sebastián está sobre “El Monstruo” (una de las dos handbikes que llevó al ascenso), se ve como si diera brazadas cortas que, lentamente, lo acercan un poco más a la cima.

 

“Esa es una de las dificultades de un ascenso en una handbike: el músculo de los brazos, al ser tan pequeño, acumula mucho más cansancio. Además, se dificulta la respiración, por la posición con la que se pedalea” explica Martín Sáenz

 

“Esa es una de las dificultades de un ascenso en una handbike: el músculo de los brazos, al ser tan pequeño, acumula mucho más cansancio. Además, se dificulta la respiración, por la posición con la que se pedalea. Eso hace que no se pueda oxigenar tan bien el cuerpo y que acumule más lactato de lo normal” explica Martín Sáenz, quien, junto a Jonathan Panqueva, estuvo a cargo de su entrenamiento previo. Pero lo que realmente empuja a Sebastián a subir esta montaña, el Kilimanjaro (5895 metros), es otro tipo de fuerza: el sueño de volver a hacer lo que tanto ama.

Para el ascenso, Sebastián viajó con un equipo de nueve personas y dos handbikes: La Diabla (como la que aparece en la foto), que es mejor para los senderos menos técnicos, y El Monstruo, más fuerte y apta para pasar por encima de pierdars y arenales. Ambas tuvieron problemas mecánicos.

 

“Salté, sin ninguna seguridad, y cuando mi cuerpo tocó el suelo, no hubo dolor. Simplemente, dejé de sentir” recuerda, sin quebrantarse.

 

Para el año 2015, Sebastián ya había escalado la arista Oeste el Denali, los Bugaboos en Canadá, la cara Oeste del Huayna Potosí en Bolivia y varias rutas en Perú, incluido el Chacraraju, una montaña de un nivel técnico muy alto, entre otras, dentro y fuera del país. Ese año, además, se convertiría en padre por segunda vez. Una semana más tarde, una sencilla palabra, “Sí”, cambiaría para siempre su vida. “Me llamaron para un trabajo en un sistema de cuerdas altas. Yo estaba parado sobre una torre de doce metros de altura y mi compañero, que estaba abajo, era la persona que iba a hacer el contrapeso. Tuve una mala comunicación con él. Le pregunté si me tenía conectado al sistema y me dijo que no. Esperé un rato y, de pronto, escuché una afirmación que no venía de él. Cometí el error de no re-confirmarlo. Salté, sin ninguna seguridad, y cuando mi cuerpo tocó el suelo, no hubo dolor. Simplemente, dejé de sentir” recuerda, sin quebrantarse. “Está bien, ya lo tengo asumido” aclara.

Cuatro años después, Sebastián pedalea con los brazos para convertirse en la segunda persona en el mundo en subir el Kilimanjaro en una handbike. El terreno es agreste y, más adelante, cuando le cuente a su familia cómo se sintió en él, Sebastián usará la frase “Es como atravesar un río seco”. Rocas, arena y raíces dan inicio a la que será una aventura durísima para todos. Cada segundo, sin embargo, habrá valido la pena.

“¡No lo hice solo!”

Cuando Sebastián inició este reto, lo hizo por la propuesta de su socia: Gisela Toledo. Juntos crearon el proyecto One More Summit (onemorsummit.ec) con el objetivo de promover el deporte adaptado para personas con discapacidad. Toda la travesía fue diseñada para cumplirse en ocho días.

Durante la primera jornada, Sebastián y su equipo hicieron 9 kilómetros con 840m de desnivel. Para el ascenso, Sebastián estuvo acompañado por nueve personas y dos handbikes: La Diabla (como la que aparece en la foto), que es mejor para senderos menos técnicos, y El Monstruo, más fuerte y apta para pasar por encima de piedras y arenales. La idea inicial era superar el logro del atleta paralímpico estadounidense Chris Waddell, quien subió la montaña en el 2009 en una hanbike, (la misma handbike que hoy Sebas llama El Monstruo; material para otra historia). En su momento, Waddell ascendió el Kilimanjaro asistido por un equipo y con una discapacidad menos severa. El objetivo inicial de Gisela fue proponerle a Sebastián hacer el ascenso sin asistencia, para así ganar un Récord Guinness y tener una repercusión más grande.

Para lograrlo, el primer día, Sebastián utilizó un sistema de wincha y cuerdas que funcionó muy bien hasta que se rompió El Monstruo. “Dos personas se llevaron la bici al pueblo para repararla y yo me quedé a mitad de camino. Me tuvieron que cargar tal cual como a un rey en esta silla; faltaban tres kilómetros para llegar al refugio” recuerda el “Zuko”.

 

Gisela Toledo, Carla Pérez, Alex Caamaño (nutricionista), Jack Bermeo (su amigo cercano), Sofía Sarmiento (amiga cercana), Andrea Rocco (su actual pareja), Félix Narváez y Nelson de la Loza (ambos de Raíz Films), conformaron, junto a Sebastián un equipo diverso y poderoso.

 

Ese giro repentino empezó a cambiar el panorama: el récord empezaba a tambalearse y, aunque Sebastián admite que eso golpeó su ego por un momento (un momento muy breve, pues el récord no fue inicialmente su idea), esto le hizo retornar al objetivo inicial de la travesía: volver a subir una montaña junto a sus amigos, como lo hacía antes de sufrir su accidente. Gisela Toledo, Carla Pérez, Alex Caamaño (nutricionista), Jack Bermeo (su amigo cercano), Sofía Sarmiento (amiga cercana), Andrea Rocco (su actual pareja), Félix Narváez y Nelson de la Loza (ambos de Raíz Films), conformaron, junto a Sebastián, un grupo bastante heterogéneo que, a pesar de los roces y desencuentros propios de un ascenso, terminaron uniéndose por un objetivo común: acompañar a Sebastián hasta la cima. “Sebas tiene mucho carisma y logró a unir a gente con personalidades muy distintas. Y esto es realmente porque nosotros le apreciamos un montón; no es por su condición, no es por pena. Él se lo ha ganado” confiesa Carla, desde el corazón.

El segundo día empezó a las cinco de la mañana. Se venían 11 kilómetros, con 1000 metros de desnivel. “Yo le estaba dando con todo y en una de esas, saco el Garmin, para ver cuánto había hecho: habían pasado tres horas y media y yo había logrado apenas 700 metros. Casi boto la toalla. Fue súper frustrante. En ese momento decidimos que en ciertos tramos necesitaría ayuda y era definitivo: no lograríamos el récord; pero entendimos también que decir que lo iba a hacer sin ayuda era irónico, absurdo. Porque, sí, necesito que me ayuden” relata Sebastián. “Fue muy duro para él. [..] esto va mucho más allá de pedalear y cansarse. Para él, a veces solo subir a la habitación implicaba que alguien lo ayudara. Creo que el aceptar toda esa ayuda requiere de mucha humildad” agrega Carla.

A Sebastián le tomó algún tiempo aceptar su condición y, una vez que la asumió, decidió que seguiría haciendo lo que más amaba: subir montañas. En ese contexto surgió el sueño del Kilimanjaro.

Pero la complejidad de la expedición no tenía que ver solamente con un tema logístico, sino también, por supuesto, médico. Karl Egloff, quien ha subido el Kilimanjaro en 11 ocasiones, asesoró a Sebastián en la selección de la ruta, en coordinación con su empresa Cumbre Tours y la agencia suiza Aktivferien. Se escogió la ruta del Marangu, por ser la única que tiene refugios y acceso a servicios básicos que permitieran una atención más cómoda a posibles complicaciones médicas: “Durante el entrenamiento previo (que duró alrededor de un año y medio), se fue monitoreando la respuesta que tenía Sebas con exámenes de sangre cada dos o tres meses. La alimentación se enfocó en fortalecer su sistema inmunológico y la hidratación vino a ser casi una ecuación matemática, tan precisa como fue posible, pues, por algunas características de su condición, Sebas podía sufrir problemas de recalentamiento y de infecciones” explica Alex Caamaño, el nutricionista que lo acompañó antes y durante el ascenso.

La preparación psicológica complementaria también fue crucial para mantener los ánimos arriba: “Con Sebastián trabajamos con frases gatillo, visualizaciones y música significativa para él, música que química y emocionalmente tuviera un efecto en su físico” explica la psicóloga deportiva Liza Portalanza, quien trabajó estos ejercicios durante el año y medio de entrenamiento con Sebastián.

 

“Para el Sebas hacerlo usando solo sus brazos era, realmente, talvez como el Everest para mí. Fue realmente un reto enorme” anota Carla Pérez.

 

Aun así, a pesar de la preparación, a pesar del entrenamiento y el apoyo, la inevitable melancolía que provocaba estar una vez más en su elemento, pero de una manera diferente, fue inevitable para Sebastián. “Hubo un momento en el que nos quedamos solos los dos y de pronto el Sebas me dice: ¡Qué ganas de caminar!… Ese fue un momento duro, fue duro para mí asimilar eso” confiesa Jack. Esos instantes de fragilidad le agregaron profundidad a todo el reto y en un momento todos tuvieron claro, que más allá de los deseos individuales, había una misión conjunta. “Para una persona que pueda utilizar todas sus capacidades, el Kilimanjaro no es mayor cosa. Para el Sebas hacerlo usando solo sus brazos era, realmente, talvez como el Everest para mí. Fue realmente un reto enorme” anota Carla.

Viernes 12 de septiembre. Son las cinco de la tarde. Después de descansar durante el tercer día en Horombo y de llegar, en el cuarto día, a Kibo Hut (4,720 metros), durante la sexta y última jornada, el equipo tuvo que bajar al cráter y volver a subir (no podían pasar por la ruta normal, por ser demasiado angosta), para finalmente vislumbrar juntos la cumbre. Gisela sube sola a la cima y llora. Le siguen todos los demás, poco a poco, acompañando a Sebas. En los últimos 100 metros, deciden dejarlo solo y ver cómo da sus últimas “brazadas” hasta la cumbre. “Esa imagen de verle a él cómo le daba y le daba y le daba, y a ratos se cansaba también, hacía pausas y seguía dándole, hasta llegar a la cima, esa imagen es muy hermosa” dice Jack, conmovido.

 

“Si bien la cumbre de Kilimanjaro es lo que se ve, es la punta del iceberg de todo lo que está debajo. Vamos a seguir trabajando con otros atletas adaptados” explica Gisela Toledo.

 

Inspiración, nieve y alegrías

Y así se cierra un largo capítulo para One More Summit, gracias a todos los involucrados, empezando por Gisela, quien se hizo cargo de toda la parte logística, administrativa y de producción ejecutiva: “Si bien la cumbre de Kilimanjaro es lo que se ve, es la punta del iceberg de todo lo que está debajo. Vamos a seguir trabajando con otros atletas adaptados. Hemos trabajado con Diego Tutillo, Bernando Vásquez, los chicos de Full Acolite, miles de personas que se han ido sumando. Además, estamos trabajando en un documental sobre toda la experiencia junto a Raíz Films” asegura.

La necesidad de este tipo de iniciativas es grande en un país que todavía tiene un largo camino por recorrer en temas de inclusión. Por ejemplo, solo cuatro deportes adaptados forman parte del Plan de Alto Rendimiento Deportivo de la Secretaría del Deporte: atletismo, taekwondo, natación y tenis de mesa y son dos los deportes que suelen recibir mayor atención mediática y apoyo para la realización de torneos: el tenis y el básquetbol. Sebastián logró subir gracias al apoyo de Sportfix, Movistar, Chevrolet, Diners Club, Cumbre Tours e Indufrance, esta última empresa estuvo a cargo de la fabricación de “La Diabla” y tiene planes de empezar a fabricar el modelo de manera masiva, con parámetros industriales. Ya han empezado a venderla, en un precio bastante razonable ($2500) dólares y cinco personas las habían adquirido hasta el cierre de esta edición.

“Me río un poco, porque al principio llegas a un punto tan frustrante que dices: No quiero esto; me quiero matar, simplemente, cómo lo hago. Pero lo tragicómico es que,yo dependía de alguien para hacerlo (ríe y bromea)”

En cuanto a Sebas, ahora sueña con la nieve, quizás no una cumbre, sino una expedición, o una travesía en esquí. Le encantaría compartirlo con alguien que también tenga una discapacidad. El futuro es incierto, igual que para todos, pero, al menos, hoy, es capaz de mirar atrás con humildad, humor y desapego: “Me río un poco, porque al principio llegas a un punto tan frustrante que dices: esto no era lo que yo quería. Me siento 100% discapacitado; no puedo hacer nada, no sirvo para nada. No quiero esto; me quiero matar, simplemente, cómo lo hago. Pero lo tragicómico es que, a pesar de que sí lo contemplé en algún momento (aunque me duela admitirlo), yo dependía de alguien para hacerlo (ríe y bromea). Fue súper duro. Pero ahora soy feliz como soy. No me importa no volver a caminar. No estoy esperando que eso llegue. Creo que es algo que ya acepté y ahora soy otro Zuko (sonríe)”.