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Rompiendo la cadena del miedo ¿Cómo curarnos?

Cuando el miedo se apodera de la vida, enfermamos. Somos incapaces de hallar al verdadero ser interior que yace en nosotros. Pero si decidimos, conscientemente, despojarnos de los sentimientos negativos que nos acosan hallamos un nuevo camino, el amor.  Un artículo para reflexionar y atrevernos a sanar.

 

Woody Allen dijo que el miedo es su compañero más fiel, que jamás le ha engañado para irse con otro.  Todos podemos decir lo mismo, porque el miedo es de todos, pero cada uno lo vive individualmente.

 

El miedo fue siempre la sombra y también el socorrista. El miedo es saludable,  bien entendido, y es necesario porque ayuda a evitar situaciones muy dolorosas. Es un mecanismo de defensa que forma parte del ADN del ser humano. Ante el peligro, verdadero o imaginativo, el miedo activa el sistema de supervivencia y permite responder con rapidez y eficacia ante las adversidades. Fue aprendido y transmitido por los primeros habitantes de la tierra y forma parte del esquema de adaptación del hombre.

 

Resulta, que hoy en día necesitamos llegar de urgencia a esta sabiduría ancestral, porque vivimos una época caracterizada por la inseguridad humana. La confianza y las certezas de otros tiempos dieron paso a un periodo de incertidumbre y de perplejidad.

 

Desde 1945, fin de la Segunda Guerra Mundial, no ha pasado ni un día sin que en alguna parte del planeta estalle una guerra o conflicto armado. Cada nueva generación construye su vida sobre estos archivos, almacenados en el gran disco duro de la evolución de la humanidad. Este saber enfermó las sociedades y las convirtió en enfermos-miedosos.

¿Qué pasa cuando enfermamos?

Generalmente, experimentamos miedo, desesperación, ira, resentimiento y aflicción, según la gravedad. Puede comenzar con un dolor emocional que pronto, como todo funciona en círculo, se convierte en físico-orgánico, sicológico, mental y espiritual. El cuerpo es frágil y vulnerable a la enfermedad y el dolor, y la muerte está absolutamente garantizada  en algún momento. Situación que produce más miedo y enferma más. Un círculo vicioso.

 

Sin embargo, no estamos nunca preparados para afrontar este tipo de situaciones en la vida, no se nos ha enseñado a dominar las emociones. La mayoría de la humanidad vive en un estado negativo, nos indignamos o incluso nos ofendemos cuando la enfermedad (el tipo que sea), un accidente o la muerte nos afecta  a nosotros o a las personas que queremos. Últimamente, inclusive, reaccionamos indignados por el dolor de personas que no conocemos. “¡Mañana nos puede tocar a nosotros!” Ya no hay distancias, todo está muy cerca.

 

Resulta importante encontrar a  alguien con quien hablar. Alguien que sepa  lo que implica estar enfermo y posiblemente sepa sobre la muerte.

 

Tenemos miedo al futuro, porque sabemos que el futuro nos traerá enfermedades, dolor y muerte. En lugar de afrontar y aceptar  esas circunstancias, preferimos aferramos al pasado, aún cuando este haya sido doloroso y traumático. Aferrándonos al pasado y manteniéndolo vivo en el interior evitamos vivir el presente y preferimos ignorar el futuro que asumimos contiene un riesgo para la vida. Por esta actitud, el pasado empieza  a pudrirse en nuestro interior.

 

¿Qué pasa si soltamos lo que nos atormenta?

La retención de la culpabilidad, el resentimiento, el odio, la frustración nos ha dado motivos por el que estar aquí, una razón de ser todo lo infelices y críticos que somos ahora. Sin estos sentimientos negativos tendríamos que enfrentarnos a nuestro propio vacío. Tendríamos que afrontar el miedo a perder lo que creemos que somos, a estar sin  algo y a prepararnos para convertirnos en lo que podamos ser cuando seamos libres.

 

El remedio, se llama amor, porque amor y miedo no pueden coexistir. El amor es expansivo e inclusivo, el miedo es contractivo y exclusivo. No es posible  sentir miedo y amar incondicionalmente al mismo tiempo. De manera que si experimentamos terror a la soledad, al rechazo, a una pérdida o al vacío, la única forma de superar estos miedos consiste en madurar el amor, primero hacia nosotros mismos.  Cuando nos amamos de verdad, amamos a los demás libremente y ellos, a su vez, podrán amarnos con toda libertad.

 

Entonces ya no necesitaríamos una enfermedad ni nada parecido para aceptar que nos amen.

 

Para amar a  los demás deberíamos antes perdonarnos a nosotros mismos. Solemos creer que son los demás los que necesitan nuestro perdón, porque fue el daño que hemos experimentado a través de ese sentimiento lo que nos ha inculcado tanto miedo. No obstante, sabemos en realidad, en lo más interno del ser, que somos enteramente responsables de todo aquello que nos ha ocurrido. Y si buscamos, sin  engaños, encontraremos la culpa o la vergüenza.

 

Podemos interpretar esto como una necesidad de venganza, resentimiento y odio, pero es hacia nosotros mismos que experimentamos tales sentimientos. Nadie puede irritarnos ni herirnos, es en nuestra reacción donde se encuentra la ira, el odio o el dolor. Y esa reacción es interna.

 

El autocastigo y la curación

Ya podemos preguntarnos qué proporción de autocastigo contiene nuestra enfermedad. Mientras desarrollamos la consciencia y nos capacitamos para  reconocer los miedos internos, los odios y las emociones reprimidas, debemos encontrar una forma de empujar esos sentimientos hasta la superficie para librarnos de ellos.

 

Para dar comienzo al proceso de curación debemos considerar si realmente deseamos mejorar, puesto que no siempre es un camino sencillo. Mucha gente prefiere ingerir una píldora a afrontar su propio odio, o bien optar por la cirugía antes de plantearse un cambio de conducta. Cuando consideramos nuestro potencial de bienestar a través de una cura concreta  podemos observar un cierto rechazo o incluso la negativa a llevar adelante el tratamiento. Debemos querer mejorar antes que preferir la familiaridad y la rutina de estar enfermos.

 

Pueden existir razones ocultas de la enfermedad que nos proporcionan una recompensa y esta nos distancia del deseo de mejorar. Talvez  obtenemos mucha atención o afecto  cuando estamos indispuestos. O quizás este estado se convirtió en un compañero y experimentamos un vacío ante la idea de su extinción.

 

¿Y si surge de nuevo el miedo?

Stephen Levine dice lo siguiente: “La curación como la gracia, pueden resultar un tanto desorientadoras en sus primaras fases. Son una ruptura con lo viejo para revelar lo nuevo. La curación, como la gracia, nos conducen siempre hacia nuestra naturaleza verdadera. De hecho, la curación  no es un destino  al que nos dirigimos, sino un descubrimiento del lugar donde ya estamos. Una participación en el proceso que se revela de un momento a otro. Muchos  pedimos un milagro cuando todo lo demás ha fallado. Deseamos que la gracia descienda sobre nosotros. Pero la gracia viene de adentro. La gracia emerge cuando la curación ya esta en marcha”.