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Julius Keter, la construcción de un atleta keniata

Fotos: Soledad Rosales. asistente de fotografía: sofía córdoba. Producción: Alejandra Reyes Roggiero.

 

El corredor keniata, Julius Keter, especialista en 10 kilómetros y media maratón, compite la mitad del año fuera de su país y Ecuador es uno de sus destinos. Su raza y su herencia lo convierten en un atleta letal en competencia.

 

En medio del paraje salvaje de su Kenia natal, el niño Julius Keter tomaba sus cuadernos y se alistaba para salir hacia la escuela. No le esperaba ningún carro, bus, taxi o bicicleta para afrontar los cinco kilómetros de viaje, tan solo sus largas y delgadas piernas. Con el tiempo justo para llegar había que correr, un atraso y el castigo era seguro.
Al pasar las horas y tras aprender varias lecciones volvía a su casa para comer y de nuevo salía en dirección a la escuela para las clases de la tarde. ¡Eran cerca de 20 kilómetros diarios, cinco días a la semana! una rutina común entre la mayoría de niños keniatas, que al final de cada año escolar ganaban mayor resistencia.

 

Hay un episodio de su vida que lo marcó para siempre.

A sus ocho años, Julius Keter se enteró de que era el heredero de una medalla de oro olímpica, la de su abuelo Kipchoge Keino (Kip Keino), en los 1500 metros planos (México, 1968). Él fue el primer gran ídolo de Kenia, un héroe en un país pobre que volcó sus ojos al deporte, como medio de supervivencia. “Cuando vamos a competir no hay dinero, solo la sensación del triunfo, el honor de ganar porque gana el país”, le dijo su abuelo alguna vez.

 

Los relatos de gloria, de quien lo criaría a tiempo completo por muchos años, le inyectaron la curiosidad por el atletismo como modo de vida. Fue a los 13, mientras ganaba competencias escolares y locales, que su abuelo elogió su temple para correr. “Entonces supe que estaba preparado”.

 

Julius pertenece a un linaje de corredores reconocidos mundialmente por sus facultades físicas para conquistar las pruebas más duras de atletismo. La vida en su país es ‘el modus operandi’ de esta fábrica de medallistas olímpicos, como Vivian Jepkemoi Cheruiyot, oro de los 5000 metros (2016). Conseslus Kipruto, oro en los 3000 metros con obstáculos (2016). Eliud Kipchoge, oro en la prueba madre del atletismo, la maratón (2016). Por estos días, Kipchoge logró la mejor marca de la historia en los 42 km: 2h00’25”, en una carrera no registrada por la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de atletismo).

 

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Julius Keter, de 29 años, tiene la piel negra, la fisonomía de esos corredores que vuelan

Su silueta es fina, no es demasiado alto, en su delgadez resaltan los músculos de su torso, los brazos y las piernas, pero se nota su ligereza y la velocidad que le puede inyectar a su corrida, tres minutos por kilómetro.

 

Empezó su carrera en pista, donde la velocidad es la reina, pero pronto descubrió que lo suyo era la resistencia y que la inyección de velocidad de su paso era su fortaleza. Decidió especializarse en los 10 y 21 km. Su mayor logró fue alcanzar podio en campo traviesa en, lo que sería en jerga latinoamericana, un Panamericano de países africanos: Kenia, Tanzania, Uganda, Etiopía. Esa medalla, venciendo a los mejores de África, la élite mundial del atletismo, se convirtió en la brújula de su carrera.

 

¿Qué hace que los atletas de esta latitud del planeta sean extraordinarios?

Julius Keter recuerda lo que le dijo su abuelo: “correr es como ir a la escuela”. Está convencido de que el sistema de campos de entrenamiento es la causa. Ahí los jóvenes con talento viven y respiran la disciplina. Están 100% concentrados en su rendimiento, en sus marcas. “Claro que vemos a nuestras familias, pero los padres saben que estamos haciendo esto para enorgullecerlos”.
Para cualquier atleta del planeta llegar a estos campamentos es una experiencia privilegiada.

 

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Los corredores africanos suelen ser nómadas. En el caso de Julius Keter, por seis meses vive en Kenia junto a su esposa y sus dos hijos, y por los otros seis viaja por Europa, Asia y Latinoamérica para competir y ganar, y sobretodo ganar. “Esa es la forma en la que sobrevivimos los atletas kenianos. Adentro la competencia es despiadada, con marcas imposibles de superar, pero afuera la historia es otra. Con los premios que consigo puedo soñar con adquirir un terreno, una casa para mi familia”.

 

Su centro en el extranjero es México, a 15 mil kilómetros de su país natal. Escogió este país por un simple detalle sentimental: su abuelo.
Desde ahí se traslada a los destinos en donde hace lo que mejor sabe hacer: correr. Cosecha podios en Estados Unidos, Chile, México, Ecuador, Honduras, Guatemala, China… Visita entre siete a ocho destinos al año.
Esta es su rutina desde los 18 años. Llegar a un país nuevo, con condiciones climáticas y de altura diversas, no es un problema. Él es un atleta formado a 2200 metros sobre el nivel del mar, cuatro días de aclimatación son suficientes para dar más del 100% en cada competencia.

 

Ecuador es un destino importante en su calendario.

En esta ocasión visitó el país para competir en el Circuito Atlético Nuestros Héroes 10k, en donde consiguió el primer lugar en un tiempo de 31:49 (Su mejor marca en esta distancias es de 28 minutos). En el 2014 fue el mejor en una de las clásica del running nacional, La Quito Últimas Noticias, 15k.

 

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Un aire fresco le atraviesa la sonrisa, restándole años. Pese a sus podios recurrentes en cientos de carreras, cuenta su historia con humildad, entendiendo que su talento es su profesión, lo que quiere hacer por el resto de su vida.
“Trabajar la mente con mucha disciplina”, ese es el mantra que guía su entrenamiento 24/7. No tiene un preparador físico pero sí un grupo de corredores etíopes en los que se apoya.

 

¿Cómo es un día de entrenamiento para un corredor élite?

“Inicio a las seis de la mañana. Rezo, Dios es primero. Corro por 1h30 a 1h45. Desayuno. Luego descanso hasta las 4h00 pm. Corro por 1h10. En la noche hago entrenamiento de fuerza en el gimnasio, con mucha atención en las piernas, pero también en el core, columna y abdominales”.

 

Su meta son los Juegos Olímpicos 2020. Tiene claro que hoy las distancias entre los 5 y 10 kilómetros están lideradas por jóvenes de 20 años capaces de alcanzar velocidades impresionantes. Siendo realista, sabe que su mejor oportunidad es en la maratón. Este año será su salto oficial a la prueba reina del atletismo, con la intención de mejorar su marca personal de 2h11 a 2h03, el borde entre el mejor tiempo del mundo ( 2:02:57 del keniata Dennis Kimetto en Berlín 2014) y la marca olímpica ( 2:06:32 del keniata Samuel Wanjiru).

 

KENIA, CUNA DE

ATLETAS PRODIGIOS

El británico Adharand Finn, periodistaa de The Guardian, The Independent y The Runner’s World, es el autor del libro “Correr de los keniatas”, tras seis meses de convivir con los mejores atletas del mundo en su propia tierra. El escritor descubrió varias peculiaridades que hablan de la grandeza deportiva de este pueblo: En los 18 años que van de los campeonatos del mundo del atletismo desde 1991, en Tokio, a los de Berlín, en 2009, los keniatas ganaron un total de 93 medallas en campeonatos mundiales y olímpicos en las especialdades que van de la media a la larga disancia. De ellas, 32 fueron de oro, esto contrastado con las tres medallas que obtuvo Estados Unidos, dos pertenecientes a un ciudadano keniata natualizado americano.

En los escenarios olímpicos todo cambio desde 1968 cuando Kenia obtuvo su primera medalla olímpica con Kip Keino. Las cifras contrastan abruptamente: en 1975, 34 estadounidenses estuvieron por debajo de las 2h20 en una maratón vs. ningún keniata. Para el 2005, 22 estadounidenses superaron esta marca v. 490 keniatas.

Además, cuenta que la cuna no es toda Kenia, sino particularmente el valle de Rift, en la localidad Iten; y que la mayoría de corredores forman parte de una etnia específica, las kalejin.

¿Qué hace tan especiales a los habitantes de este punto del planeta?¿Su cultura?